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Paco Carrillo –Francisco Eduardo Carrillo Espejo– nació en el centro de Lima, el 18 de Marzo de 1925. Su madre fue Raquel Espejo Arana, limeña (quien en la foto observa atentamente a Paco) y su padre fue Catalino Carrillo López, de la ciudad norteña de Eten. El padre tenía un pequeño negocio textil en el cual trabajaban todos los miembros de la familia. Iban al norte con frecuencia, a la zona de Monsefú y Eten, a la hacienda El Harán. De esa temprana mezcla del ambiente libre y bucólico de la provincia con el trajín de la capital brotó la ulterior afición de Paco por los viajes y las andanzas, por la aventura y por la diversidad humana.
Su padre, un hombre de trabajo, fue tenaz en asegurarle una educación esmerada. Estudió en el entonces Colegio Anglo-Peruano (hoy Colegio San Andrés), uno de los más selectos –y costosos– de la Lima de aquel entonces. No fue en balde, sin embargo, el empeño. Raúl Porras Barrenechea, Estuardo Núñez, Walter Peñaloza, el matemático Eloy Vega y Luque, entre otros, formaban el selecto plantel docente, y los sistemas de enseñanza del colegio fueron unos de los primeros ejemplos de educación integral en Lima. Profesores y alumnos participaban juntos en contiendas deportivas, en eventos académicos de todo tipo. La inteligencia fértil de Paco absorbió el ejemplo. De ahí provinieron la vocación didáctica –la completa accesibilidad y entrega a sus alumnos– que lle permitió llegar tan lejos en los años posteriores de su vida; su orientación múltiple y humanista; su dominio del Inglés, que lo llevó a especializarse en literatura inglesa.

De su adolescencia data su inclinación por la literatura. Al terminar la secundaria ingresó a la facultad de letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima; a ella estuvo vinculado a lo largo de toda su vida. Esa es la época de su relación epistolar con el mejicano Alfonso Reyes –ese gigante de las letras, a quien conocería en persona años más tarde–y de sus primeras poesías: En los juegos florales de Barranco de 1946 recibió el tercer premio –el primer premio fue asignado a Augusto Tamayo Vargas. En 1947 obtuvo el grado de Bachiller en Humanidades –"Vida y obra de Ricardo Peña Barrenechea" es el título de su tesis. En 1950 fue becado a la Universidad de Washington. Eran los tiempos de la posguerra, en que los Estados Unidos estaban asentando su prosperidad y su bonanza económica. Para Paco, de alquitarada formación pero proveniente, finalmente, del lado pobre del mundo, fue una experiencia completamente nueva. De ella supo y pudo tomar lo mejor.
Fueron años intensos, en que completó su formación conceptual, expandió sus horizontes, leyó vorazmente, se afirmó como académico. El mismo año de su llegada a Estados Unidos, tomó otra decisión vital: formó una familia. Se casó con Emma –María Cristina Emma Rodríguez Buckingham– a quien había conocido en San Marcos. Se casaron en San Francisco, California, y vivieron en Seattle; allí nacieron Maruja y Francisco, sus dos hijos. En 1951 obtuvo el grado de Master in Arts con un estudio sobre Clorinda Matto de Turner, y fue contratado como profesor de literatura por la Universidad de Washington, donde trabajó cinco años. Pero, sobre todo, comenzó en ese momento su actividad febril, indetenible, de interés insaciable por la vida, por la cultura, por la música, por el cine, por el teatro, por la amistad y la conversación, por la buena mesa, por los viajes. Y por la aventura: se embarcó para Alaska, y durante un verano trabajó como cocinero en un pequeño campamento ballenero llamado Egegik, nombre que daría después a una de sus novelas.
En 1958, por decisión propia –cediendo tal vez a la nostalgia– retornó al Perú. Trabajó como profesor de literatura en el colegio Markham; fue luego docente en la Universidad de Huamanga en Ayacucho –donde lo vemos en la foto– y en el colegio Winetka de Chosica. Ilustre profesor de ilustres alumnos, ahora reconocidos hombres de letras: Javier Heraud, Pedro Jorrat, Abelardo Sánchez León, Mirko Lauer, Luis Freyre Sarria, Rafael Drinot, Guillermo Descalzi, Carlos Garayar, Manuel Velásquez. La Universidad Agraria lo incorporó a sus filas en 1964, donde compartió cátedra con José María Arguedas. Su producción literaria, detenida durante sus años de especialización y de esfuerzo formativo, retomó su continuidad en la década de los '60, con la publicación de nuevos poemarios, con varias novelas cortas, y con su contribución –quizás la mayor de todas– a la poesía peruana: la fundación en 1963 de la revista Haraui.
La vida de Paco ha estado hasta el final vinculada a la Universidad de San Marcos, su alma máter. Al regresar de Washington enseñó ahí Inglés médico y literatura inglesa. Se doctoró en 1964; en 1970 fue incorporado como profesor a tiempo completo, y se especializó en la literatura antigua del Perú, la literatura quechua, los cronistas, los escritores de la colonia y de los primeros años de la república. No sólo la Universidad de San Marcos se interesó por sus temas. Se sucedieron las invitaciones a otros centros docentes, Hawái, Tokio, la universidad itinerante de Chapman, Sonoma –en la foto– y Berkeley, para escuchar sus ponencias y sus cursos. El círculo de las letras en el Perú también reconoció el atractivo de su personalidad y su conocimiento, su mezcla de sabiduría y sencillez, y fue un personaje infaltable en los eventos poéticos y literarios nacionales. Su energía aumentó con el tiempo en lugar de mermar; con más de 70 años era aún capaz de jugar al tenis tres veces por semana, más de una hora cada vez, algo que no pueden hacer muchas veces ni los jóvenes de treinta –y menos aún, quizás, si son literatos. Esta energía le permitía asistir a las invitaciones y encuentros, estar siempre dispuesto a conversar y escuchar, a transmitir su optimismo y sus conocimientos.
El 13 de Octubre de 1999, Paco viajaba a Huancayo a un encuentro de poetas, para dictar unas conferencias sobre sus dos escritores peruanos más queridos: Garcilaso de la Vega y Felipe Guamán Poma de Ayala. A las once de la noche, en el camino al observatorio de Huayao, la muerte se cernió sobre él. El automóvil que lo llevaba se volcó, en un accidente mortal, hacia las aguas del río Cuna. Tenía 74 años. Con él se fue uno de los espíritus más jóvenes y optimistas que se han producido entre los hombres selectos del Perú.
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